lunes, 30 de mayo de 2016

 
 
 
FOTOFILO.
 
"Unas alas no sirven para volar sin una idea que las dirija."
 
 

¿Y SI ME QUITAN LA ÉTICA?


Todas las personas nacemos con múltiples capacidades, aunque luego, a lo largo de nuestra vida no las desarrollemos todas o las desarrollemos de manera desigual.

 
Una de ellas es la capacidad de pensar, que nace de la observación y el análisis del entorno y de nosotros mismos, y de las preguntas que eso nos plantea.

 
A lo largo de la Historia (y seguramente de parte de la Prehistoria, aunque no tengamos constancia), los  Seres Humanos se han enfrentado a muchos interrogantes, a muchas cuestiones, por lo que, por pura probabilidad, es más que posible que cualquier duda que nosotros podamos tener ahora, ya la haya tenido alguien antes.

 
Por supuesto, habrá quienes hayan pasado por alto esa cuestión concreta, pero, en ocasiones, habrá personas que habrán buscado una respuesta. Y  lo mismo da si la pregunta se refiere a algo tangible y cotidiano como la obtención de comida, como a la observación del Universo y porqué existen día y noche o los objetos se caen o incluso a quíenes somos, de dónde venimos y a dónde vamos…

 

En nuestra formación (la educación, como dicen mis padres se imparte en casa), y me refiero a la que conozco, es decir, en España, de 2003 a 2016, las cuestiones concretas, tangibles, suelen estar incluidas. Se nos dan respuestas. Estudiamos Lengua, Historia, Física, Matemáticas, Biología, Idiomas… Unos aspectos se potencian más que otros, con mayor o menor fortuna (tendremos que esperar unos años aún para que pueda responder en primera persona sobre esto), pero, del mismo modo en que nos ponen a estudiar sin enseñarnos a estudiar, dan por supuesto que sabemos pensar, sin enseñarnos a pensar.

 

Creo que la adolescencia es un buen momento para este aprendizaje. En medio de un montón de cambios que llegan sin mucho preaviso, empezamos a hacernos preguntas “trascendentales”, cuestionamos las normas, la familia, la amistad y hasta a nosotros mismos.

Necesitamos una dirección, sí, pero también necesitamos que nos enseñen a dirigirnos nosotros solos. Este año, en la asignatura de Ética, he descubierto que eso es posible. Que en el Instituto, con una persona al frente con vocación, ganas y profesionalidad, puedo aprender a buscar respuesta a esas ideas que a veces se me presentan en la cabeza y que no sé muy bien cómo manejar. Otra cosa es que encuentre las respuestas.

 

Tengo también claro que, impartida de otro modo, la asignatura puede acabar convirtiéndose en lo que se suele llamar “Una María”. Una asignatura de trámite, que se va olvidando al mismo tiempo que se consigue aprobar, y creo, después de lo vivido este año, que eso sería un error.

Durante este curso, me he planteado problemas de moral, o sobre la sociedad que de otro modo ni se me habrían pasado por la cabeza. He aprendido a ser más autocrítica, más tolerante y más ambiciosa a la hora de intentar mejorar nuestra sociedad y el mundo en el que vivimos. Y estoy segura de que hay más compañeros y compañeras que están de acuerdo conmigo.

Y si esto lo ha conseguido un único profesor, imaginad lo qué podría hacerse con muchos más como él.

 

Definitivamente, sí es necesaria la asignatura de ética en el instituto. Si desaparece, se estará cometiendo un error irreparable. De nada valdrá lamentarse después.

 

Y termino el curso con ganas de más. Espero volver a encontrarme con los Filósofos que este año he conocido a grandes rasgos para profundizar más.

MI OPINIÓN SOBRE LA CLASE DE ÉTICA


Comenzó septiembre y con él vinieron los madrugones, el estudiar, los agobios, los exámenes, los trabajos, las tardes enteras encerrada en casa, los fines de semana sin salir por tener que pasar a limpio los apuntes…

 

La vida de un estudiante puede llegar a ser muy dura. Pero sin ninguna duda si nos preguntasen cuál es el momento más odiado para un adolescente (y probablemente, para cualquiera), contestaríamos que el lunes a primera hora de la mañana.

 

Los lunes son duros y la primera hora de clase, aún más. Es la mezcla perfecta para quedarte dormido o para “pillar” un buen dolor de cabeza. Sin embargo, este año ha sido diferente; los lunes a primera hora se convirtieron en el momento favorito de la semana para toda mi clase. ¿Por qué…? Porque teníamos clase de ética.

 

Al comenzar el curso y ver las asignaturas que daría esté año, siendo sincera, pensé que ética sería un poco rollo… pensé que habría que estudiar folios y folios con mil razones por las que tenemos que comportarnos bien o cosas por el estilo. Y como se suele decir, “el que tiene boca se equivoca”, pero también se dice que “de sabios es rectificar” y creo que este curso, me he vuelto un poco más sabia.

 

Desde la línea de tiza en la pizarra para que nos callemos hasta que cerramos el cuaderno, se sucede una cascada de conocimientos que podemos aplicar en nuestra vida diaria. Aprendo el significado de miles de palabras, quiénes fueron personas muy importantes en nuestra historia… Incluso hemos tratado la Teoría de la Relatividad de Einstein. Pero lo más importante es que estoy aprendiendo a pensar. A cuestionarme el mundo, la sociedad y sus normas y límites.  Y también aprendo cómo comportarme frente a un mundo que a veces no es tan justo con nosotros como querríamos que fuese. Aprendo a tratar al resto, a saber cómo funciono y a aprovecharlo al máximo. Y todo esto lo hago disfrutando y riéndome.

 

El magnífico Enrique Mesa -abro paréntesis (esta calificación fue oficialmente puesta por él mismo en uno de sus exámenes)  cierro paréntesis- es un profesor que nos enseña sin machacarnos a estudiar libros enteros, nos pone ejemplos y nos da un buen tema de conversación para el botellón. Se le notan el entusiasmo y  la pasión que siente tanto por su asignatura como por la enseñanza (especialmente por la enseñanza pública que pueda llegar a todos).

 

Aunque siendo sinceros, no ha sido todo tan bonito como pudiera parecer a primera vista. Vivíamos en clases idílicas, divirtiéndonos e incluso entendiendo la materia impartida (esto no se ve en todas las asignaturas)… éramos felices, reíamos, soñábamos… hasta que llegaron los exámenes. Un examen de una película, será fácil decían…¡JÁ!



Creo que hasta ese momento nunca había pensado que las películas podían enseñarme tanto. También está el examen de opción múltiple, (bueno, al menos con ese te echas unas risas al ver algunas de las opciones). Y luego tenemos el examen práctico. Pero no os preocupéis, siempre os queda escribir el blog y poner un tweet por cada sesión para intentar subir un poquito la nota. Pero oye, que yo esto lo escribo por amor al arte…



En resumen, creo que durante este curso, en una hora semanal de clase de ética (más las horas en las que mi cabeza discurría sobre las cuestiones que se nos planteaban) he adquirido unos conocimientos y unas herramientas para mi vida que siempre voy a valorar. Está claro que gran parte del resultado (una parte enorme) se la debemos a nuestro profesor, así que voy a dar un consejo a los alumnos de los cursos venideros: aprovechad la oportunidad, porque el esfuerzo, de verdad, merece la pena.

sábado, 5 de marzo de 2016

A propósito del aborto.


El aborto inducido plantea un problema moral en cuanto a si consideramos al no nacido persona o no. A si un aborto equivale a un infanticidio desde el momento mismo de la fecundación o si hay un lapso de tiempo en que aún no se es un ser humano de pleno derecho.

 En nuestro país, el aborto es libre hasta las 14 semanas. Sin restricciones. De las 14 a las 22 semanas únicamente se puede abortar si hay un grave riesgo para la vida de la madre. A partir de la semana 22, en este mismo supuesto, se inducirá el parto para intentar sacar adelante tanto a la madre como a su hijo. Sólo se podrá abortar cuando existan anomalías fetales incompatibles con la vida o cuando se diagnostique una enfermedad extremadamente grave e incurable en el momento del diagnóstico y así lo confirme un comité médico.

 Parto de la base de que ninguna mujer aborta porque sí. Parto de la base de que en la inmensa mayoría de los casos supone un enorme drama en su vida, seguramente un peso sobre su conciencia que nunca desaparecerá del todo. Parto del hecho de que, a pesar de que un hijo es algo que se hace entre dos, habitualmente el peso de la decisión cae en la mujer, así como la culpabilización por haber sido descuidada, y fácil, y haberse “dejado embarazar”.

Tener un hijo debería ser una decisión tomada con madurez. Criar y educar a una personita no debería convertirse en una “penitencia”.

Desde mi punto de vista, las implicaciones morales no son iguales en todos los abortos. En los abortos inducidos entre las semanas 14 y 22, esos en los que, de continuar con el embarazo, peligra la vida de la madre, es en muchos casos el propio médico, quien tiene que decidir qué vida salvar ante una situación de emergencia.

Desde el punto de vista de los padres (padre y madre) en estos casos, en que probablemente, el embarazo sea deseado, el aborto es, si cabe, un drama mayor, ya que se concibe como un fracaso.

En las situaciones en las que el feto presenta malformaciones graves o enfermedades incurables, creo que, a la hora de tomar una decisión, los padres siempre pensarán en lo que sea mejor para su hijo. Para mí estos casos serían similares a aquellos en que se debe decidir prolongar la vida a una persona de manera artificial. Nadie quiere que un ser querido sufra. Aún así, si yo me encontrase en ese supuesto y si mis circunstancias personales me permitiesen ofrecerle a mi hijo una vida digna y feliz dentro de lo posible, probablemente seguiría adelante con el embarazo. Tristemente, como en otras cuestiones vitales, el dinero marcaría la diferencia.

En todos estos casos, sí consideraría al feto un ser humano en ciernes. Un proyecto de persona. Estaríamos tratando de un tema médico que, como muchos otros, tiene implicaciones morales.

En cuanto los casos contemplados hasta la semana 14, la mayoría serán embarazos no deseados, en muchas ocasiones, de adolescentes o mujeres muy jóvenes. Mi opinión es que estos embarazos son un fracaso en materia de educación sexual. La gran mayoría (porque en la anticoncepción también hay fallos) podrían evitarse.

En relación al dilema moral que se plantea, sí creo que no podemos decir que hay embarazo confirmado hasta la implantación (en torno al día 14 tras la fecundación del óvulo). Este margen es el que la legislación aplica, por ejemplo, en la regulación de la reproducción asistida.

Desde mi punto de vista, la utilización de la píldora postcoital en estas situaciones no equivaldría a un infanticidio, a pesar de que haya quienes opinen que desde el momento de la concepción ya se es persona. La píldora se usa en un etapa tan temprana que no sabemos ni siquiera si ha habido realmente fecundación, y por supuesto, no habría sucedido la implantación.

¿Y qué pasa del día 14 a la semana 14? Puesto que la carga del dilema recae en la mujer, supongo que dependerá de lo que cada una sienta a nivel personal. Si está convencida de que lo que se está desarrollando dentro de ella es un ser humano, seguramente no abortará.

 Desde mi punto de vista los límites son difusos en lo que al momento de “humanización” del feto se refiere. Documentándome para esta entrada del blog he encontrado un concepto que comparto: Un ser humano no es sólo su genoma, la unión de los genes de sus padres en una combinación única. Un ser humano es el resultado del efecto del ambiente en el que se desarrolla sobre ese genoma.

sábado, 20 de febrero de 2016

TRADICIONES Y COSTUMBRES: MANUAL DE USO



 Tradición y cultura son conceptos que muchas veces van de la mano. La variedad tanto en culturas como en tradiciones nos enriquece como hombres.

A lo largo de la historia de la humanidad, las tradiciones, como los seres vivos, nacen, crecen, incluso se reproducen, envejecen y mueren. Evolucionan y cambian al mismo tiempo que la humanidad y las culturas lo hacen.

 Gracias a algunas tradiciones se han conservado conocimientos y enseñanzas importantes para la supervivencia de las poblaciones y para su identidad, pero a medida que el suceso que origina una tradición se aleja en el tiempo, dicha tradición tiende a desnaturalizarse, a perder su significado, y con él, su sentido.

Y aquí es donde surge la cuestión: ¿deben respetarse TODAS las tradiciones? ¿O sólo deben respetarse las propias?

 En mi opinión hay que respetar todas las culturas y todas las identidades, y por lo tanto, deberían respetarse todas las tradiciones siempre que no atenten contra los derechos humanos (e incluso contra los derechos de los animales). Deben existir unos mínimos morales en esas costumbres y tradiciones. Por el mismo motivo, habría que intentar desterrar las que atenten contra los mismos. En la actualidad nadie estaría de acuerdo en continuar lanzando gente a los leones en un circo por mero divertimento, o en dejar que los gladiadores luchen hasta la muerte, por poner dos ejemplos de libro.

 ¿Y qué pasa con las tradiciones importadas por personas de otras culturas?

Creo que la diversidad y la variedad nos enriquecen. Creo que es importante que las personas que dejan sus países de origen mantengan su identidad, siempre que las costumbres y tradiciones que traen con ellos no atenten contra la ley del país receptor y no originen conflictos. Creo también que es positivo que participemos de esas tradiciones, aunque sea como meros espectadores, para conocernos y comprendernos mejor (del diálogo nace el entendimiento), además, muchas de esas tradiciones tienen lugar en un entorno festivo, lo cual, por otro lado, encierra un cierto peligro de “colonización” de la cultura propia (por ejemplo, la cada vez más extendida celebración de Halloween en nuestro país).

 Aún así, si sentimos que una determinada tradición foránea nos enriquece como personas y como comunidad, creo que es positivo compartirla y participar en ella.

Habrá quien diga que por de este modo perdemos parte de nuestra propia identidad, de nuestra individualidad como cultura, pero, como he dicho al principio, las tradiciones no son estáticas, son dinámicas (aunque algunas duren muchos siglos). Unas desaparecerán o cambiarán, y surgirán otras nuevas, pero definitivamente, mi conclusión es que, siempre que no atenten contra las leyes y la moral, las tradiciones deben respetarse.

 

 

domingo, 6 de diciembre de 2015

SI YO TUVIERA QUE VOTAR...


Estas elecciones generales aún no podré votar. Pero serán las últimas. En las próximas, ya podré ejercer este derecho. Mis padres dicen que nunca debo dejar de ir a votar, que es muy importante que todos los ciudadanos participemos en el ejercicio de la democracia. Pero también dicen que los ciudadanos somos como los pañuelos de papel: los políticos se acuerdan de nosotros sólo cada cuatro años, durante la campaña electoral, para seguir agarrados a sus sillones. Después, simplemente, ya no les somos útiles.

En mi familia no militamos en ningún partido. De hecho, no se habla demasiado de política. Sí se habla de la situación económica y social actual. De todos los derechos que los trabajadores han ido perdiendo y de la pobreza que se está generando en nuestro país.

Mis padres me dicen que estudie mucho y que me prepare porque a lo mejor tengo que irme de España para tener un futuro digno. Pero yo espero no tener que marcharme.

Por eso estoy deseando poder votar, poder elegir a los que yo crea que van a gobernar un país en el que me pueda quedar a vivir dignamente. En el que todos podamos vivir dignamente.

Y ya sé que aún no voy a poder acudir a las urnas más que acompañando a mis padres (lo hago desde pequeña, no me pierdo ninguna ocasión), pero si tuviese que votar el día 20, estudiaría muy bien el programa de cada partido, y me fijaría en que los candidatos fuesen gente preparada, y sobre todo, honrada. Por eso, por ejemplo, creo que no votaría al Partido Popular ni al Partido Socialista. Hay muchos casos de corrupción en los tribunales, pero apenas ninguna dimisión.

Y puede que sea un error, porque seguro que entre todos los que son, hay gente preparada. Pero no me parecen todo lo honestos que unos gobernantes debieran ser.

Por otro lado, creo que es muy importante que los políticos sepan por sí mismos cual es la realidad del país, que estén en contacto con el ciudadano. Podemos y el resto de formaciones que nacieron del 15M son los que mejor me parece que cumplen con este requisito, y además tienen muchísimas ganas de cambiar las cosas, pero les falta experiencia a la hora de gobernar.  Lo mismo ocurre con Ciudadanos, pero, mi primera impresión como espectadora y ciudadana “aprendiza” es que tienen bastante bien hechos los deberes en cuanto a cómo llevar a cabo muchos de sus proyectos. Además, en ambos partidos, hay mucha gente muy joven implicada. Gente que querrá, como yo, un país donde poder vivir, trabajar y prosperar.

Por estos motivos, mi voto sería para una de estas dos candidaturas.

Estuve viendo el programa Salvados en el que participaron Pablo Iglesias y Albert Rivera. Me gustó ver a dos políticos dialogando sin insultarse, cada uno exponiendo sus planteamientos, aunque me parece que Rivera planteó soluciones más claras, con datos concretos y Pablo Iglesias habló más de generalidades.

Está claro que pertenezco al grupo de “Voto indeciso”, y no pienso perderme el debate del día 7 a ver si me ayuda a despejar mis dudas, aunque esta vez aún no tenga que votar.

En cualquier caso, me encantaría que nuestro gobierno lo formasen entre Podemos y Ciudadanos. Y espero que no haya mayorías absolutas, para que tengan que ponerse de acuerdo a través del diálogo. Y sobre todo, me gustaría que no hubiese más dinero derrochado ni más casos de corrupción.

Como dicen mis padres, los gobernantes deberían tener, por encima de todo, sentido común, independientemente de la ideología. Trabajar para que todos los ciudadanos consigan lo que ellos querrían para sí mismos y para sus familias.

 

miércoles, 28 de octubre de 2015

SER O NO SER...BUENO.


Queridos amigos, conocidos, compañeros de la vida, extraños…  lamento comunicaros que el concepto “ser bueno” no está para nada claro. Al menos para mí.
Lo sé.  Resulta extraño que, con la cantidad de veces que nos repiten a lo largo de nuestra vida la importancia que tiene ser buenos, si nos paramos a pensarlo ni siquiera nosotros mismos sabemos lo que significa.
 
Pues bien, hoy me he propuesto desde aquí, haceros  reflexionar sobre la trascendencia o la insignificancia de ser buenos.
Obviamente, todos sabemos que una buena persona es aquella que ayuda a  los demás, que no pega, que no se ríe de la desgracia ajena, que no pone sus intereses por encima de la felicidad de los demás… En resumen, y aunque parezca una perogrullada: Es bueno el que no es malo.
 
Pero, ¿ser bueno te lleva a algún lugar mágico después de la muerte?, ¿o durante la vida? ¿Te pagan por ser bueno?, ¿eres feliz siendo bueno? …, y es aquí donde el tema se complica. En la Constitución no existe ningún artículo en el cual se estipule que toda aquella persona que sea buena tendrá unos privilegios mayores que aquellos individuos que no lo sean. Así que buenos y malos, en “armonía”, tienen los mismos derechos, salvedad hecha de los malos a los que pillan y acaban en la cárcel (que últimamente parece que son los menos).
 
Y por otro lado, siendo buenos ¿no somos débiles? A veces, de puro bueno ¿no se puede llegar a ser tonto? ¿Hay que permitir que te pisoteen para seguir siendo bueno? ¿Hay que poner siempre la otra mejilla? ¿O existen límites en los que se puede mandar muy lejos la bondad y ejercer la maldad? (eso sí, en legítima defensa).
 
En realidad mi opinión sobre este tema se reduce a que mi libertad termina donde comienza la del otro y viceversa.  Para mí, ser bueno, o, más bien, si todos fuéramos buenos (tradúzcase por educados, solidarios, colaboradores, honestos,…) el mundo funcionaría mucho mejor. Es una cuestión de hacer la convivencia y nuestra vida, en el breve período de tiempo que pasamos en ella, lo más agradable (y, por consiguiente, feliz) posible.
 
Los seres humanos poseemos la capacidad de pensar, de razonar, de discernir lo que es bueno de lo que no. Lo aprendemos desde pequeños. Todos sabemos que ser malos puede acarrear consecuencias negativas, pero sólo si te pillan, y a veces, ni eso. Cometer pequeñas maldades está socialmente aceptado. Puede ser hasta divertido para el que las perpetra (qué es, si no, una broma pesada, más que una maldad). Puede hacerte sentir cierta emoción…Pero en cualquier caso, siempre habrá una consecuencia.  Cuando hacemos algo malo, SABEMOS que estamos haciendo algo malo. De hecho, si no hubiese castigos, probablemente seríamos “malos” más a menudo.  En general somos buenos, porque no nos permiten ser malos.  
 
Llegados a este punto, mi conclusión personal es que sí hay que ser bueno, merece la pena ser bueno, aunque sólo sea por la tranquilidad de no ser la víctima de alguien malo, por saber que unas veces ayudaremos y otras nos ayudarán, que no habrá conflictos porque tampoco habrá mentiras.
 
Pero esto es sólo la teoría. En la práctica, como dice mi madre, nadie es del  todo un ángel ni un demonio. Ni el bueno es siempre bueno, ni el malo es siempre malo.
¿Y vosotros qué pensáis?